La Mujer Adúltera

la Mujer Adúltera

Evangelio de San Juan, Capítulo 8, versículos del 1 al 11. La que sufre la ignominia (pérdida del nombre) del machismo judío.

 

Desde la indolencia apática machista judía:

“… los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús….”

El estilo impersonalizador judío hacia este ser humano se plasma en la forma como narran a Jesús los acontecimientos los maestros de la ley y los fariseos, quienes no utilizan el nombre de ella, si no que se refieren hacia ella como “esta mujer”; “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la Ley de Moisés se manda que tales mujeres deben morir apedreadas.”[1]

El evangelista Juan denota que la pregunta no tenía el afán de ayudarla, sino de esgrimirla como objeto de discrepancia contra Jesús: “La pregunta iba con mala intención”[2]. En lugar de utilizar la religión y las leyes, los maestros de la ley y fariseos utilizan a un ser humano para tratar de acusar a Jesús, y lo que menos les importaba es la vida de esta mujer y mucho menos el porvenir o bienestar espiritual de ella.

Desde el sufrimiento de la soledad:

Poder ponerse en los pies de esta mujer sería llenarse de dolor, vergüenza y humillación. Sentir o tratar de sentir lo que significaría estar en una desventaja numérica entre toda la jerarquía eclesiástica y social de la época que intenta utilizar a esta mujer como medio de disputa contra Jesús es inimaginable. Sentirse rodeada de personas que están dispuestas a apedrearla y matarla debió de ser aterrador y una experiencia inolvidablemente impresionante.

Tanto el machismo judío como el actual menosprecian al ser humano creando una barrera que aísla al mismo. Este aislamiento causa sufrimiento en las clases oprimidas pues les quita la dignidad con que todos los seres humanos nacemos. Al parecer los fariseos estaban dispuestos a quitarle la vida a piedrazos a esta mujer, y aunque no lo lograron, sí le quitaron la dignidad, la cual es restablecida al final por Jesús. “¿dónde están los que te condenaban?….pues yo tampoco te condeno”.

 

Hacia la comprensión, el amor y la vida plena:

Todo lo acontecido en esta perícopa tiene su climax y cúspide en la compasión de Jesús y el infinito amor que demuestra hacia ella, pues para Él, más que sus pecados lo que hace prevalecer son su amor e intención para que ella recobre la vida plena y se libre de ataduras, sufrimiento y maltrato.: “tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelves a pecar”.

La conclusión de este pasaje bíblico es tan corta en palabras, pero tan decisiva que el silencio en la falta de explicaciones es llenado por el inmenso amor de Dios hacia la humanidad, tanto masculina como femenina, y quien no hace distinción alguna entre géneros como la sociedad judía lo hacía. A Jesús lo que más le importa es el amor, la persona y su porvenir; Jesús no le pregunta o increpa por sus pecados, ni siquiera le dice que se arrepienta, lo que impera es su amor y una vez que ama a la mujer, después lo que más le importa es su porvenir “no vuelvas a pecar”.

 

[1] Jn 8:4b-5.

[2] Jn 8:6ª.